El Cabo de Gata, un pedacito de África

El Cabo de Gata es uno de esos lugares en los que uno siente haber viajado mucho más lejos, en el espacio y en el tiempo. Además, pese a esa sensación de lejanía, uno se siente a la vez extrañamente cómodo, en paz. Como es uno de nuestros lugares favoritos, lo elegimos como uno de nuestros viajes de inicio de la temporada. 

Para no perder tiempo, empezamos directamente por dos de las postales de la zona: las playas de Los Genoveses y Monsul. En esta última, olas de roca oscura se enfrentan a las olas vivas de un mar protegido. 

En la Playa de Monsul

El Cabo “negro”

Nos esperaba un recorrido por la costa “negra” del Parque Natural, allí donde se hace más patente el vulcanismo que vivió aquí el mar hace siete millones de años. Flujos de lava en forma de columna, cavidades dejadas por el enfriamiento rápido del magma y antiguas arenas y cantos que cayeron encima. En sus resquicios, endemismos botánicos exclusivos de la zona, como el dragoncillo del Cabo y otros muchos compartidos con costa africana. Almorzamos en la Cala Carbón y terminamos la tarde en el Faro del Cabo, con vistas al Arrecife de Las Sirenas y una preciosa puesta de sol. Todavía tuvimos unos minutos para ver los flamencos y la iglesia de las Salinas. 

Iglesia de las Salinas del Cabo de Gata

El Cabo “blanco”

Sin salir del descarnado paisaje del Parque Natural, al día siguiente el paisaje ganó luz. Las lavas se volvieron cenizas, y la ceniza arena blanca que hace turquesa el agua de las calas entre Agua Amarga y Las Negras: la de Enmedio, la del Plomo y la de San Pedro. El sendero entre estas tres mellizas es algo exigente, pero compensa de sobra la belleza del mar y las vistas desde uno de los acantilados más altos de la costa mediterránea, sólo superado por 15 metros por la Punta de La Polacra, con 265 metros de caída. San Pedro, con sus pequeños huertos y casas revividas por las gentes libres que allí viven, alrededor de su castillo y un insólito manantial, sigue siendo refugio de piratas. 

Los acantilados de ceniza de la Cala de Enmedio

De castillo a castillo, de entre las muchas fortificaciones que puntean la línea marina en el Cabo, forzamos que el anochecer nos cogiera en Los Escullos, donde las rocas de su duna fósil son como un trabajo de encaje dorado. 

El desierto y la joya de la corona

Una vez conocidas las distintas facetas de la costa del Levante almeriense, para el último día dejamos el interior, pero no sólo de los espacios abiertos, sino de la misma Tierra. Las gigantescas ramblas del Desierto de Tabernas sobrecogen, tanto por su sobriedad vegetal, como por sus dimensiones. Caminamos por lo que fue el fondo del mar, donde todavía se encuentran, de tiempo en tiempo, fósiles de ostras y otros bivalvos que lo corroboran. 

Los escenarios del Spaguetti Western

En este lugar se rodaron cientos de películas del Oeste, y todavía quedan los restos de aquella fiebre del oro figurada en decenas de escenarios medio hundidos, algunos reconstruidos para la visita turística. Nosotros empezamos por Fort Condor, entre los primeros, donde la ruina no hace sino incrementar esa sensación de ficción. 

Para coronar el viaje, solo faltaba engarzar la última joya almeriense, la Geoda Gigante de Pulpí, enterrada a más de 50 metros de profundidad, cerca de San Juan de Los Terreros. Es la mayor visitable del mundo y la segunda por sus dimensiones.

La metáfora perfecta de una tierra que esconde tantísima belleza.

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Acerca de nosotros

Garcia Sanchez García Sánchez
Moisés García Sánchez
Guía intérprete de naturaleza y periodista

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